Elogio del cuerpo desnudo

Elogio del cuerpo desnudo

«Soy gorda, y estoy dispuesta a posar para las fotos si todavía se puede». Recibí su email unos meses después de haber llenado los baños de mujeres de anuncios buscando una «mujer gorda que quiera posar para un proyecto fotográfico, desnuda, con una culebra y con el dueño de la culebra presente durante la sesión». Mi intención, con 17 años y mientras cursaba mi primera asignatura de fotografía en la universidad, era romper con la idea de la mujer 90-60-90 posando con una serpiente como símbolo de la sensualidad. Durante meses esperé que alguien respondiera, así que tuve que buscar otro modelo para hacer unos desnudos artísticos para mi trabajo de fin de curso, aunque sin serpiente. Cuando me llegó su email, le expliqué que ya el curso había terminado, pero que encantada hacíamos la sesión.

Los primeros minutos no fueron fáciles. Ella estaba nerviosa, era tímida y luchaba contra sus complejos. La serpiente nos intimidaba a ambas, yo no era fotógrafa sino apenas una estudiante y tener al dueño del bicho ahí al lado tampoco era cómodo. Sin embargo, poco a poco la atmósfera se fue relajando. Pusimos música, ella se fue soltando, posaba cada vez con más naturalidad y la conversación se volvía más íntima con el paso de los minutos. La boa y su dueño pasaron a un segundo plano. Y sus complejos también.

Ese día me di cuenta de que la fotografía, de diferentes tipos, puede ser una terapéutica. Con los desnudos, en concreto, se produce una especie de reconciliación con el propio cuerpo, se aniquila la vergüenza, al menos por un rato. Aprendemos a mirarnos distinto. He posado desnuda y he fotografiado a personas desnudas (sobre todo mujeres, aunque también hombres, como el que ilustra este post) y puedo afirmar que al dejar la piel sin ropa y enfrentarla a una cámara, la mayoría de la gente desnuda y libera también su alma, sus pensamientos. Es un ejercicio espléndido de empoderamiento que va más allá de la estética y que actúa como un benévolo espejo que devuelve una imagen edulcorada aunque honesta de aquello que normalmente nos abochorna.

Días después, cuando le entregué sus fotos (tomadas con una cámara analógica y reveladas en la mágica atmósfera de un cuarto oscuro), lloró de emoción, nos abrazamos. «Jamás creí que podría servir de modelo y mucho menos sentirme linda». Después me envió un nuevo email: largo, sentido, agradecido. «Gracias, porque después de esta experiencia seguiré siendo gorda, pero una gorda que se quiere. Va a parecerte increíble, pero tengo las fotos colgadas en una pared de mi casa». Desde entonces, es uno de los tipos de fotografía que más me gusta hacer.

Como escribo en esta misma web, el resultado de una sesión de desnudo fotográfico suele ser maravilloso.  Sentirse cómodo, o cómoda, ante la mirada ajena, disfrutar del cuerpo como elemento artístico, aceptar el retrato de uno mismo con todo y sus imperfecciones, supone una agradable inyección de amor propio, de autoconfianza y, por supuesto, de belleza. 

 

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