Vocaciones y referentes

Vocaciones y referentes
Foto de Sebastião Salgado

A una semana de cumplir 38 años, a veces siento que revivo emociones de los 18, cuando estaba empezando la carrera en la universidad. Para una persona que quería estudiarlo casi todo (mis  opciones iban de la medicina a las artes dramáticas pasando por varias ingenierías) el periodismo y la comunicación eran la única forma de poder acercarme un poco a todos mis intereses, usando además dos caminos que ya entonces me apasionaban: la imagen y las letras. Sin embargo, en algunos momentos de aquellos años me preguntaba si había elegido correctamente. Somos muy jóvenes cuando tenemos que decidir que hacer durante -supuestamente- el resto de nuestra vida y en qué vamos a invertir esos años de estudio. Nadie nos dice que podemos cambiar de rumbo en cualquier momento y que eso está bien si nos hace bien.

Algunas personas se convirtieron entonces en mis referentes, profesionales y personales. Unos desde la lejanía, seres que no estaban cerca de mí en modo alguno más que a través del fruto de su trabajo, como es el caso de Sebastião Salgado, fotógrafo brasileño al que admiro profundamente. Otros estaban cerca: escritoras, artistas, docentes universitarios, amigos y amigas a quienes he admirado mucho y hasta personajes de la literatura. Siempre me ha gustado tener entre mi círculo más cercano a gente mayor que yo. Me gusta la experiencia que dan los años, que me cuenten sobre lo que han andado y al revivir sus huellas me dan claves para hacer una lectura de mis propios pasos. Los referentes han sido para mí muy importantes a lo largo de mi vida, pero en aquella época lo fueron aún más. Y lo vuelven a ser ahora. Eso sí: ya no importa la edad. Lo que importa es que es gente que por un motivo u otro va por delante de mi.

Tras tomar la decisión de emprender hace unos meses, la vida me ha ido dando la oportunidad de conocer hombres y mujeres que no dejan de sorprenderme. He ido de enamoramiento en enamoramiento y he vuelto a sentir esas mariposas en el estómago que supone admirar a alguien y querer aprender de lo que sabe y, mejor aún, de lo que es. Esto es una delicia que me dispara el «cuarteto químico de la felicidad» (endorfina, serotonina, dopamina y oxitocina). El otro día le decía a uno de estos personajes que han aparecido en el guión de mi propia historia, que una de las cosas que más me gustan de su compañía es que me hace sentir ignorante. Vuelvo a la magia del asombro cuando me presentan libros que no conozco, películas que no he visto, perspectivas que me cambian la forma de mirar. Da igual si hablamos de espiritualidad o de técnica fotográfica, de ortografía o de arte, de la muerte o del amor. Todo supone una increíble oportunidad de seguir aprendiendo y evolucionando.

A punto de cumplir los 38 vuelvo a los 18. A preguntarme a veces si he elegido el camino correcto. Y a mirar como referentes a quienes están por encima de mi: no porque sean superiores, sino porque han recorrido una parte del camino semejante al mío, porque su luz es una guía, su compañía un refugio y porque además podemos darnos la mano para aprender juntos durante otro ratito del trayecto.

PD. Ilustro este post con una de mis fotografías favoritas de Sebastião Salgado, quien además de ser un fotógrafo increíble, tiene una biografía muy interesante. Uno de los datos que más me gustan es que con casi 30 años y tras estudiar y dedicarse a la economía, dio un giro radical a su vida para entregarse de lleno a la foto y a través de ella, mejorar el mundo. Es un gran contador de historias en blanco y negro. Por supuesto no aspiro a parecerme a él, sino a, desde la humildad, aprovechar su historia para mi propio crecimiento.

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