La imagen perfecta

La imagen perfecta

La foto que ilustra este post la tomé en Toledo allá por el 2002. Usé una pequeña cámara compacta que permitía hacer revelados básicos y decidí editarla en ese tono sepia. Creo que no es una gran foto, técnicamente hablando. De hecho, diría que es bastante simplona, con ese filtro de la prehistoria de Instagram. Y sin embargo, me provoca muchas sensaciones. No tiene que ver con la memoria, porque no recuerdo mucho de aquel día, pero al mirarla tengo la impresión de que la estoy soñando, de que la estoy imaginando, de que no es real. De que hay un cuento a punto de empezar a contarse en ese pequeño valle. Me cautiva la curvatura de la hondonada y me dan ganas de rodar cuesta abajo como una niña hasta llegar a la sombra, de sentarme bajo ese árbol a leer en voz alta poemas de Alejandra Pizarnik o de Oliverio Girondo.

Nos obsesionamos tanto con la perfección que muchas veces dejamos de sentir la pasión. Nada más feo, por ejemplo, que bailar con alguien que sabe perfectamente los pasos de salsa (o tango o bolero o sevillanas o bachata o cualquier otro ritmo) pero que no lo vive desde el tuétano, aunque se haya pasado media vida en clases de baile y sepa donde colocar cada parte del cuerpo mientras va contando en su cabeza «1,2,3, vuelta, 1,2,3, vuelta». Hay fotos que no son perfectas. Que no cumplen las «normas» de composición o de iluminación (normas, dicho sea de paso, que están hechas para romperse, porque la fotografía es un arte y como todo arte está expuesta -y dispuesta- a la experimentación y a la interpretación).  Hay fotografías maravillosas que no están perfectamente enfocadas, pero cuya magia reside no en la superioridad técnica, sino en su capacidad de emocionar y de contar historias. Y eso, por supuesto, es además subjetivo. La imagen que acompaña este post a mi me embelesa por su onirismo, mientras que a otros les parecerá poco menos que una porquería.

Mi propósito de esta lluviosa noche de lunes en el lugar en donde escribo, es seguir avanzando en mi camino de aprender a abrazar la imperfección (de mi cuerpo, de mi personalidad, de mis fotografías, de mis escritos, de mi yo como mamá, como esposa, como profesional) y dejar que la pasión y la emoción sigan ocupando y transformando el lugar luminoso que les corresponde. Una vez más, la cámara me lleva a mirar dentro mientras supuestamente miro fuera.

 

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