Adictos a lo imposible

Adictos a lo imposible

Hay necesidades imposibles y deseos imposibles. Sueños imposibles y planes imposibles. Placeres imposibles y metas imposibles. Y además hay quienes disfrutan necesitando, deseando, soñando y planeando lo imposible. Y apostaría que se divierten mucho en el proceso, que aprenden en el camino, que descubren sitios nuevos y que algunas veces incluso hacen posible eso que no parecía estar al alcance de la mano. Y entonces deja de ser imposible para transformarse en tangible, en cercano, en concreto.

Hay quienes dicen que es arriesgado, que se sufre, que se pierde mucho en el proceso y que se llora por lo que se deja atrás o cuando la meta pasa de largo. Otros dicen que vale la pena, y que no sos la misma persona después de intentar escalar un ocho mil (aunque a medio camino te devolvás por falta de oxígeno), o de competir (con un vídeo) con 34.000 personas más para tener “el mejor trabajo del mundo” en Australia.

Estos adictos a lo imposible, sin embargo, son quienes coleccionan imágenes de instantes que para otros son apenas quimeras comatosas, siempre en estado vegetativo en algún lugar de la mente, sin posibilidades de despertar. Esos adictos a intentar también son los que se despiertan cada mañana con un horizonte nuevo dibujado en la sangre, que hace burbujas cuando en sus células hierve la excitación por el novel proyecto en potencia. Hay quienes son adictos a lograr. Y entonces cuando no logran, el fracaso les sabe a agua estancada. Pero los adictos a intentar se tiran al agua, y a veces incluso mueren ahogados en mitad del trayecto con los ojos cerrados y el espíritu sereno y satisfecho.

Y también, como no podía ser de otra manera, están los adictos a desestimular a los adictos a intentar. Los que no conformes con tener una patética existencia basada en la autocompasión y la queja reiterada, en el conformismo enfermizo y el quejido constante, tienen el descaro de atacar a los adictos a intentar tildándolos de locos, de perdedores del tiempo, de poco productivos para la humanidad y de aspirantes al absurdo. Son los que como si nada pasara, te miran a los ojos con sus pupilas depresivas y con una mueca burlona en los labios te sueltan la lapidante frase: «¿Y para qué vas a intentar eso, si es imposible?». ¡Pues justamente por eso, so imbécil, porque parece imposible! Porque los que son y piensan como vos ni siquiera lo intentarían, porque aspiro a algo tan grande que tu diminuta y patética mente es incapaz siquiera de imaginar lo que significa formar parte de intentos excepcionales, de caminar por esa senda de apetitos y sacrificios que tantas gratificaciones te conceden, aunque no llegués al destino. Porque muchas veces lo magnífico no es el punto final, sino el rumbo. Y porque como dice Eduardo Galeano: “La utopía está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos, y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar…”

*Entrada publicada originalmente el 10 de marzo del 2009 en mi blog MechudayDesnuda, en desuso desde la muerte de mi papá hace casi ocho años.

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