Katja (o las conexiones especiales)

Katja (o las conexiones especiales)

El balcón, la noche, el Mother Ganga… y el ruido, la música. Salí de la habitación. ¿Qué pasaba? Era una ceremonia: desde un botecito un grupo de hombres lanzaba al río dioses de barro. El Ganges olía a incienso. Las velas brillaban flotando en sus aguas. Ella también salió de su habitación y lo disfrutamos juntas. También viajaba sola. ¡Qué alegría! Había más como yo en el mundo, las llamaban locas porque viajaban solo acompañadas por sí mismas. Una vez acabada la ceremonia, cenamos en la terraza de nuestro hostal. Y charlamos, charlamos mucho. «Voy a Bodhgaya», le dije, «tres días». «¿Bodhgaya? ¿Dónde es? ¿Puedo ir contigo?», preguntó ella. No hacía falta una respuesta. Katja y yo conectamos desde el primer instante. Compartimos tres días que no pueden describirse. Viendo una fiesta en el Ganges había conocido a la mejor compañera de viaje que he tenido jamás. Todo fluía entre nosotras con una naturalidad pasmosa, no había decisiones complicadas, ni una sola discusión, mil risas desde el fondo del alma. Era como si nos conociéramos desde siempre, como si las dos supiéramos la senda por la que teníamos que caminar en ese momento de nuestras vidas. Y curiosamente, ambas sendas coincidían. Hasta que volvieron a separarse: ella se quedaba en Varanasi, yo iba rumbo a Agra. Lloré un ratito su ausencia. A veces se le caen a uno por dentro trozos de algo (de nostalgia, de ternura, incluso de fracaso), le aprietan el alma y le sacan las lágrimas. Sabía que la iba a echar de menos. Y que la quería, porque a veces hace falta solo un segundo para querer a alguien.

He tenido la dicha de conocer a lo largo de mis 38 años a personas increíbles, de tener relaciones espléndidas, algunas que son casi como postres: deliciosas, aromáticas, dulces. Con Katja tuve una conexión especial. Esas son de mis favoritas. Los vínculos repentinos, sorpresivos, incomprensibles incluso. Los he tenido mezclados con amistad o con amor o con sexo. Hay de muchos tipos. Pero son conexiones raras como bichos en extinción. Y lo mejor es que no se rompen.

Aún cuando luego no nos veamos o no nos escribamos, aunque solo recordemos… Queda un hilo que nos une: finísimo, brillante, aparentemente frágil pero en realidad super fuerte, como el de las telarañas.

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