Sola en Irán (o el miedo a lo desconocido)

Sola en Irán (o el miedo a lo desconocido)

Era una noche de enero cuando acostada en mi cama pensaba en mi siguiente destino en solitario. Era especialmente simbólico porque me encanta viajar sola pero desde que había sido mamá de dos niñas (en un lapso de año y medio) no lo había hecho y además sería mi país número 70. Todos los viajes tras la maternidad habían sido en familia, pero me había prometido a mí misma que cuando la pequeña cumpliera dos años, empezaría de nuevo a viajar sola. Eso sí: pocos días, por ellas y por mí. Aquellos viajes largos, como cuando pasé un mes en India, no volverán en el largo plazo. Y no me duele, pero tampoco  puedo renunciar a algo que alimenta mi alma, que es una necesidad para mí. En estas reflexiones estaba cuando pensé en Irán. Persépolis era uno de mis sitios fetiche, esos que una misma se pone en su lista de «cosas qué hacer antes de morir». Aunque había leído bastante sobre Irán, decidí preguntarle a dos personas con criterio al respecto qué pensaban de que una mujer viajara sola allí. Tanto la escritora experta en Irán Ana María Briongos como el periodista de viajes Paco Nadal me dieron la misma respuesta: es un país muy seguro, podía viajar tranquila. Horas después ya tenía los billetes.

Para alojarme, elegí Couchsurfing. Es una plataforma donde más de diez millones de personas se conectan para solicitar u ofrecer alojamiento en sus ciudades, sin ánimo de lucro, pura hospitalidad. Esta es para las familias una forma de conocer otras culturas al alojar gente de otros países en sus casas, lo cual es especialmente significativo para los iraníes, debido a las dificultades que por motivos políticos tienen para ingresar en otros países. En lugar de viajar ellos, se traen los viajeros a casa.

Pero este post no es solo para hablar sobre este país de personas extraordinarias. De hecho, te invito a leer un artículo que escribí para el periódico ABC que es bastante clarificador al respecto, titulado El Irán del que no nos hablan. Este post va sobre el miedo a lo desconocido. Y sobre nuestras reticencias a enfrentarlo.

Cuando le comentaba a alguien que iba a viajar a Irán y además sola, el disimulo no era una opción. Da igual que fueran amigos y amigas cercanas. «Irán es peligroso», «Irán es un país terrorista», «los árabes no son de fiar» (ejem, aunque eso fuera verdad, lo cual dudo mucho, los iraníes no son árabes, son persas), «¿cómo te atreves a ir a un país ASÍ siendo madre?»… fueron algunas de las frases que escuché. Me atrevería a decir que muchas de estas personas -y lo digo desde el cariño porque, insisto, a algunas las quiero mucho- nunca habían leído sobre Irán más que en las noticias de los periódicos (algunas de las cuales yo misma firmé alguna vez, como esta). No es que lo que leemos no sea verdad (que a veces no lo es); es que es solo una parte de la verdad. Pero lo desconocido nos da miedo y preferimos no acercarnos a ello, no vaya a ser que se nos caigan los prejuicios y se nos abran los ojos a nuevas perspectivas.

¿Cuántos «Iranes» hay en nuestra vida? ¿Cuánto desconocimiento gratuito solo por temor a romper la propia ignorancia? Yo aún tengo muchos muros autoimpuestos que tengo que ir rompiendo y lo que más claro tengo es que no puedo sola. A veces necesito motivación, a veces apoyo, a veces gente que me recomiende una lectura, una película, una canción, una poesía, que me haga más abierta al mundo. Que me hagan seguir enfrentándome a lo desconocido aún cuando me de miedo en lugar de cerrarme a ello.

Por cierto, que las mujeres de la foto son de uno de los pueblos más bonitos del país: Abyaneh, donde los pañuelos son de flores y las sonrisas blancas y amplias. Hablar con ellas fue uno de esos momentos mágicos donde lo desconocido se abrió ante mis ojos para volverse cercano y querido en el recuerdo.

 

 

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